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Sarah Smarsh, the guardian, 13 october 2016
traducción Emma Reverter
eldiario.es, 22 octubre 2016
nodo 50, 11 noviembre 2016

’Esos idiotas peligrosos’: los medios progresistas, Trump y los estadounidenses de clase obrera

’Crónicas de la América profunda. Escenas de la lucha de clases en el corazón del imperio’ Joe Bageant (2007)

Martes 22 de noviembre de 2016, por Redacción

Los partidarios de Trump no son la caricatura que presentan los periodistas. Sarah Smarsh, una periodista de origen humilde de Kansas, critica los estereotipos y el clasismo que se cuela en las redacciones: "Los medios han presentado a los blancos de clase trabajadora como un todo y han creado un imaginario caduco y traicionero que resulta muy conveniente para el capitalismo. Según este mensaje, los pobres son unos idiotas peligrosos". / Trump supporters are not the caricatures journalists depict –and native Kansan Sarah Smarsh sets out to correct what newsrooms get wrong.

(Dos partidarios de Trump con camisetas en favor de la construcción de un muro en la frontera con México. EFE / eldiario.es).

En marzo mi abuela Betty, una anciana de 71 años, hizo tres horas de cola para poder votar a Bernie Sanders en el caucus del Partido Demócrata en el estado de Kansas. Era la primera vez que votaba en unas primarias y aunque fue un suplicio, en ningún momento se planteó regresar a casa sin haber votado. Betty, una mujer blanca que no terminó sus estudios de secundaria, que tuvo a su primer hijo a los dieciséis años y vivió en la más absoluta pobreza la mayor parte de su vida, quería votar.

Esperó su turno a pesar de sus debilitadas rodillas; las mismas que en el pasado la mantuvieron de pie durante horas en una fábrica. Esperó su turno a pesar del enfisema pulmonar provocado por el tabaquismo y de la dentadura postiza que ha lucido desde que era una veinteañera, dos señales claras de la clase social a la que pertenecemos. En la década de los sesenta, antes de la sentencia Roe contra Wade [1], [2], la mujer que esperó su turno pagó a un desconocido para que le introdujera un gancho de alambre en el útero tras descubrir que estaba embarazada de un hombre del que huyó después de que le rompiera la mandíbula.

Durante muchos años, Betty trabajó como funcionaria de libertad condicional para el sistema judicial de Wichita, en Kansas. Su trabajo consistía en hacer un seguimiento de violadores y de asesinos. Por eso, está curada de espantos. Sin embargo, no ha dudado en afirmar que el candidato republicano Donald Trump es un sociópata “con la boca llena de mierda”.

Nadie detesta a Trump más que ella. El candidato dijo que debe castigarse a las mujeres que aborten y ha dicho cosas horribles de colectivos que ella conoce desde su infancia y con los que ha trabajado codo a codo. Su estilo pomposo e indecente ofende su sensibilidad humilde y del medio oeste americano.

La clase trabajadora, integrada por personas como Betty, se ha convertido en la obsesión de todos aquellos que cuando comentan estas elecciones presidenciales hablan de “clases”: ¿Quién está detrás de esta bestia feroz y por qué apoya a Trump?

Los votantes de Trump no son tan pobres

Las cifras cuantitativas ponen en duda, o niegan de plano, la tan regurgitada teoría de que el nivel de educación o de ingresos permite predecir el apoyo a Trump, o la afirmación de que la clase trabajadora blanca lo apoya desproporcionadamente.

El mes pasado, el resultado de una encuesta elaborada por Gallup sobre una muestra de 87.000 personas [3] dejó entrever que los partidarios de Trump no tienen más problemas económicos [4] o derivados de la inmigración que aquellos que se oponen al candidato republicano.

Según este estudio, sus seguidores no tienen ingresos más bajos o una tasa de desempleo más alta que otros estadounidenses. La información relativa a los ingresos se pierde elementos importantes: aquellos con ingresos altos también pueden tener problemas de salud o ser propensos a empeorar económicamente. Sin embargo, la mayoría de encuestados no se aferraban a trabajos que podrían perder. Uno de los analistas de Gallup explicó que, sorprendentemente, “parece no haber ningún tipo de relación entre sufrir la amenaza de la competencia comercial con otro país y apoyar políticas nacionalistas en Estados Unidos”.

A principios de año, los sondeos que se llevaron a cabo antes de las primarias mostraron que aquellos que votaron a Trump tienen un mayor poder adquisitivo que el resto de estadounidenses, con unos ingresos familiares de 72.000 dólares, lo cual supera los ingresos de los que votaron a Hillary Clinton o a Bernie Sanders. El 44% tiene un título universitario; en comparación con la media nacional, que es del 29% para el conjunto de la población, o del 33% en el caso de la población blanca.

En enero, el politólogo Matthew MacWilliams indicó que uno de los factores que permite predecir el apoyo a Trump es una cierta tendencia al autoritarismo, mientras que los ingresos, la educación, el género, la edad o la raza no son factores determinantes.

Sin embargo, todos estos hechos objetivos no han servido para que los expertos y los periodistas dejen de repetir hasta la saciedad que la clase obrera blanca ha decidido apoyar a un demagogo que se distingue por su grandilocuente verborrea.

Para explicar correctamente por qué parte de la ciudadanía se siente atraída por Trump, una cobertura mediática equilibrada debería incluir más reportajes sobre el racismo y la misoginia en los barrios acomodados donde viven algunos votantes de Trump. O, en el supuesto de que se esté valorando la amargura de la clase trabajadora causada por la situación económica, también deberían publicarse reportajes sobre legisladores demócratas que en las últimas décadas han decidido destruir la red de bienestar, se subieron al carro de Wall Street y se olvidaron de los trabajadores estadounidenses cuando negociaron acuerdos comerciales internacionales.

Sin embargo, para los medios de comunicación nacionales, integrados, en su mayoría, por progresistas de clase alta o de clase media, eso supondría tener que mostrar los rostros de sus semejantes.

Si bien es cierto que los rostros que los periodistas muestran en televisión –rostros enfurecidos que hacen comentarios sexistas cerca de una bandera de la Confederación– se merecen algún tipo de cobertura mediática, no son un reflejo de las comunidades que yo conozco tan bien. El hecho de que los medios de comunicación hayan ignorado comunidades como la mía ha creado una falta de comprensión tan grave que con un primer vistazo a un blanco con problemas económicos parece servir para describir a la totalidad.

El ejemplo antropológico de JD Vance

Un vistazo a la actualidad nos lleva hasta JD Vance [5], autor de una autobiografía que ha sido éxito de ventas, Hillbilly Elegy (Elegía del palurdo). Es la historia de un abogado de éxito que creció en una pequeña ciudad siderúrgica de Ohio y cuya familia, a pesar de ser de clase media, lidiaba con la precariedad. El libro nos habla del caos que suele perseguir a una familia que ha quedado atrapada en un ciclo de pobreza durante generaciones.

Vance se autodefine como conservador y afirma que no votará a Trump. Sin embargo, intenta comprender por qué muchas personas de clase trabajadora sí lo harán. Tiene que ver con una ansiedad cultural que surge cuando muchos amigos consumen opiáceos y mueren por sobredosis y la casta política ya te ha dejado claro que no te ayudará. Si bien su experiencia es extrapolable a la de otras personas de zonas concretas, los periodistas de la Costa Este han convertido a Vance en portavoz de toda la clase obrera blanca.

Los entrevistadores y los críticos literarios parecen sentirse aliviados por el hecho de haber encontrado a alguien que tiene unas opiniones que confirman las suyas. The Run-Up, el podcast de las elecciones del The New York Times, afirmó que la autobiografía de Vance también es un estudio de antropología cultural de la clase obrera blanca que ha apoyado la candidatura de Trump (al tuitear la crítica del libro, el The New York Times ironizó con la pregunta: ¿Quieren saber más sobre las personas que le han dado alas a Donald Trump?”.

Si bien los orígenes de Vance se remontan a la industria minera de Kentucky, la mayoría de los blancos con dificultades económicas no son hombres conservadores y protestantes de los Apalaches. A veces parece ser el único elemento del imaginario colectivo: un tipo escondido en una chabola situada en una montaña remota, como un fantasma polvoriento, como si la pobreza de los blancos no estuviera delante de nuestras narices, pasando nuestras tarjetas de crédito en una tienda de rebajas en Denver o pidiendo limosna en una calle de Los Ángeles.

Los estereotipos simplones suelen penetrar allí donde el periodismo no consigue llegar. La última vez que la clase a la que pertenezco por nacimiento recibió una atención mediática de estas proporciones fue 20 años atrás. No salió en los informativos sino en una serie de televisión, Roseanne [6]. El guión de esta serie resulta más riguroso y certero que las reflexiones de los comentaristas de las cadenas de televisión de Nueva York.

Las imágenes de personas blancas de clase trabajadora y progresistas, entre las que se incluyen mujeres como Betty, no son mostradas por unos medios de comunicación obsesionados por las audiencias y que cubren estas elecciones como si se tratara de una carrera de caballos.

Los pobres, idiotas peligrosos

Este paradigma de los medios de comunicación ha alimentado la leyenda de un Estados Unidos polarizado, el azul demócrata contra el rojo republicano, en el que el 42% de los habitantes de Kansas que votaron a Barack Obama en 2008 han quedado silenciados.

En estas primarias, el número de habitantes de Kansas que participó en el caucus demócrata superó el de aquellos que votaron en el caucus de Donald Trump. Se trata de una información relevante y lo cierto es que ningún periódico nacional la ha mencionado, tal vez porque no pudo entender que en esa zona que observa desde la lejanía viven millones de estadounidenses más progresistas que los que se pueden encontrar en los bastiones de Clinton.

En lugar de dar este tipo de información, los medios han presentado a los blancos de clase trabajadora como un todo y han creado un imaginario caduco y traicionero que resulta muy conveniente para el capitalismo. Según este mensaje, los pobres son unos idiotas peligrosos.

La superioridad moral que siente la clase adinerada de Estados Unidos ha dado alas a esta leyenda urbana relativa a los blancos de clase trabajadora y que los presenta como los culpables del auge de Donald Trump y que presupone que aquellos que lo apoyan por los peores motivos representan al conjunto de partidarios.

Esta noción se repite en todos los análisis sobre estas elecciones, como también la creencia de que los blancos pobres no sólo tienen problemas económicos sino también de personalidad.

En un artículo sobre estas elecciones publicado por el National Review en marzo, Kevin Williamson escribió un análisis sobre los votantes blancos con pocos recursos [7]. En las últimas décadas este colectivo ha visto cómo su tasa de mortalidad ha aumentado considerablemente. Su artículo se hace eco de una creencia compartida por conservadores y progresistas cuando indica que estas comunidades, devastadas por la oxicodona, “se merecen morir”.

“Los blancos de clase baja están instalados en una subcultura tóxica y egoísta cuyas consecuencias son la miseria y el consumo de heroína”, afirma. “Los discursos de Donald Trump hacen que se sientan bien. Como la oxicodona”.

Para confirmar que muchos periodistas no comprenden a este colectivo y que no se trata de un fenómeno limitado a los conservadores más provocadores, sólo hace falta leer una serie de reportajes publicada por el The Washington Post que analiza por qué la tasa de mortalidad de las mujeres blancas que viven en zonas rurales se ha disparado. Se centra en sus hábitos como fumadoras y describe con todo detalle “sus caras demacradas” y el proceso de embalsamamiento de sus cuerpos. Es difícil imaginar un reportaje que analizara a mujeres blancas de clase alta tras su fallecimiento. La indignación de sus familiares y amigos con la educación, el tiempo y la voluntad de escribir cartas a los directores de los periódicos sería descomunal.

Dignidad y tristeza en la clase trabajadora

Un sentimiento que me parece incluso más ridículo que el desprecio y la humillación es su “primo pobre”: la piedad.

En una columna de opinión que publicó recientemente David Brooks en el The New York Times, titulada Dignity and Sadness in the Working Class [8] (Dignidad y tristeza de la clase trabajadora), el periodista nos habla de un obrero del sector de la metalurgia que vive en el estado de Kentucky y que ha perdido su trabajo. En su último día en la fábrica, el hombre se dirige hacia la salida mientras es vitoreado por sus compañeros, una escena que a mí me parece triunfal pero que a Brooks le parece lamentable. El periodista señala que el hombre trabajó muy duro por una miseria y que era muy capaz pero su trabajo no se valoraba. Según él “irradiaba la tristeza residual de un corazón solitario”.

Me resulta difícil imaginar un desprecio mayor. Estos profesionales de la comunicación han ignorado los problemas de la clase trabajadora durante décadas y ahora suplican al país que tenga compasión. No necesitamos sus análisis y todavía menos sus lágrimas. Lo que necesitamos es que alguien explique nuestra situación; a ser posible un periodista que pueda entrar en una fábrica sin que una niebla de culpabilidad empañe sus gafas.

Uno de estos periodistas, Alexander Zaitchik, viajó durante varios meses a lo largo y ancho de seis estados del país para conocer de primera mano a blancos de clase trabajadora que apoyan a Trump. Quería que el libro que publicará –The Gilded Rage (La Furia Dorada, en un juego de palabras con ’the Gilded Age’, la edad dorada)– reflejase la complejidad de las historias humanas que son ignoradas por la cobertura mediática diaria. Zaitchik explica que el proyecto nació como consecuencia de los duros comentarios realizados por personas que viven en un huso horario completamente distinto al de estas comunidades y que tienen unos niveles de ingresos completamente distintos.

Zaitchik describe de forma inteligente su encuentro con la clase media trabajadora, integrada en su mayoría por blancos que han trabajado duro y que han sufrido graves pérdidas, tanto durante la crisis financiera de 2008 como por los cierres de fábricas y despidos de los últimos años. Descubrió que el apoyo a Trump se debe en gran medida a motivos económicos, de principio a fin. Pudo constatar la ira de estas personas y descubrió que están indignados con los de arriba, no con los de abajo. Están enfadados con todos aquellos que negociaron acuerdos comerciales globales, no con las minorías.

Al mismo tiempo, es cierto que en estas comunidades se dan actitudes racistas y nacionalistas, como también se dan entre los demócratas y las personas con una situación más privilegiada.

Una encuesta realizada la pasada primavera por Reuters refleja que un tercio de los demócratas encuestados apoyarían que temporalmente se prohibiera la entrada de musulmanes en Estados Unidos. En otra encuesta, en este caso de YouGov, el 45% de los demócratas encuestados reconocieron que tienen una mala opinión del Islam, sin que se apreciaran diferencias entre los encuestados con distinto nivel de ingresos. Muchos de los que no votarán a Trump no son un dechado de virtudes mientras que los que sí lo harán se convierten en un blanco de ataque fácil y se les considera la plaga moral del país.

El clasismo y “una panda de abominables”

Cuando recientemente Hillary Clinton afirmó que la mitad de los que apoyan a Trump son “una panda de abominables”, Zaitchik le comentó a otro periodista que esta expresión se podía interpretar como otra forma de decir “otro cubo de basura blanca”. Clinton no tardó en disculparse por este comentario. Sin embargo, generalizar de este modo en un acto que se celebró en la parte baja de Manhattan, en el que se recaudaron 6 millones de dólares, con asistentes que llegaron a pagar entradas de hasta 50.000 dólares, me evocó algunas escenas de la comedia televisiva Veep; una sátira política en la que un poderoso político de Washington habla con desdén sobre “la gente corriente”.

Cuando hablamos, Zaitchik mencionó al presentador de la cadena HBO Bill Maher, “cuyas opiniones sobre los que votan a Trump se fundamentan en la eugenesia, ya que considera que tiene defectos congénitos. Sería imposible hablar de otro grupo de personas en estos términos y no ser despedido”.

Tal vez Maher es un ejemplo extremo de petulancia clasista. En el verano de 1998, cuando tenía 17 años y me acababa de graduar del instituto, trabajé en un elevador de grano durante la siega del trigo. Un elevador que estaba situado a unos 80 kilómetros, en Haysville, Kansas, explotó (el polvo del trigo es muy inflamable) y siete trabajadores murieron en la explosión. El accidente sacudió a mi comunidad, a mi familia y a mí y nos sirvió de recordatorio de todos los peligros que corremos cuando trabajamos como agricultores.

Como todos los demás, seguí haciendo mi trabajo. Tras una larga jornada transportando sacos pesados y cargando camiones que transportan trigo, solía ver el programa de televisión Politically Incorrect, un programa de ABC que por aquel entonces presentaba Maher. En un contexto en el que todavía se estaba buscando el cuerpo de uno de los trabajadores muertos en la explosión de Haysville, Maher bromeó acerca de que la gente debería tener mucho cuidado con las rebanadas de pan.

Creo que por primera vez tomé conciencia del hecho de que a lo largo de mi vida me iba a identificar políticamente con aquellos que insultan mis orígenes.

Este tipo de bromas están tan generalizadas que los más privilegiados económicamente no suelen darse cuenta. Los que escriben, debaten y publican periódicos, libros y revistas con la mejor de las intenciones suelen ofender desde la ignorancia.

Por ejemplo, fueron muchos los que me recomendaron el éxito de ventas White Trash (Basura blanca), de Nancy Isenberg, sin percatarse de que el título me ofende a mí y a las personas que quiero. El alivio que sentía por el hecho de que alguien hubiera escrito sobre un pasado que compartimos se esfumaba cada vez que lo veía en mi biblioteca, hasta el punto que al final opté por quitarle la portada. Sorprendentemente, los ejemplares promocionales del libro reflejan el tipo de nociones elitistas que Isenberg quiere denunciar: “Este libro parte de nuestros mitos reconfortantes sobre la igualdad y deja al descubierto el legado fundamental de la omnipresente y embarazosa, aunque a veces entretenida, basura blanca pobre”.

35th Portier Lecture: "White Trash: The 400-Year History of Class in America"

El libro, en cambio, está escrito con más tacto y expone hechos que deberían servir para terminar con los prejuicios a los que se refiere el título. Aunque lo cierto es que ni siquiera Isenberg consigue librarse del marco clasista.

Cuando a principios de año la presentadora de On the Media, Brooke Gladstone, le pidió a Isenberg que hablara de prejuicios que presentan a los blancos pobres como personas intolerantes, la autora habló del problema: “Tienen ciertas actitudes que sin duda son racistas y no puedes esconderlas y hacer como que no existen. Forma parte de su mentalidad”.

¿Sólo los ignorantes son racistas?

Todas estas generalizaciones sobre los grupos más vulnerables nos permiten ver que los debates en torno a las clases en un país que es relativamente joven y que creía que no tenía castas son extremadamente simplones.

“El problema es que muchos intentan presentar a los blancos pobres como los únicos racistas del país”, le explicó Isenberg a Gladstone: “Como si fueran más racistas que el resto”.

La raíz de este problema reside en la creencia de que la clase alta tiene una moral más elevada. Como escribió la periodista Lorraine Berry en un artículo publicado el mes pasado, se ha consolidado la noción de que sólo los ignorantes son racistas.

Según este discurso, el racismo desaparece con la educación. Soy la primera persona de mi familia con un título universitario y les puedo asegurar que ningún miembro de mi familia necesitó pasar por una universidad para aprender qué es tener un mínimo de decencia humana.

Berry señala que los republicanos formados en las universidades de élite están detrás de esta creencia. De hecho, no fueron los blancos pobres, ni siquiera los blancos republicanos, los que promulgaron leyes para mantener la segregación racial o los que durante décadas observaban cómo las banderas confederadas ondeaban en los capitolios estatales. No fueron los blancos pobres los que convirtieron a los negros en criminales con leyes que prohibían la marihuana y la guerra contra las drogas. Tampoco fueron los blancos pobres los que se inventaron el fantasma de la “reina de la beneficencia” para referirse a los afroamericanos.

Con ello no quiero minimizar la importancia del racismo en los estratos más bajos de la sociedad pero sí recordar que estos comportamientos horribles también están presentes en las clases más altas de distinta forma y con mucha más fuerza.

Los periodistas y los comentaristas también deberían señalar con el dedo a otro tipo de blancos: conservadores sociales que donan dinero a la campaña de Trump pero que son demasiado civilizados como para ir a un mitin y chillar para expresar sus opiniones.

Según el discurso de la campaña de Trump y la información disponible, lo votarán personas a las que les va bastante bien pero que se consideran víctimas del sistema.

Los medios no parecen entender que gran parte de la clase trabajadora blanca preferiría cerrar filas con cualquier otro sentimiento que no sea el de victimismo. En la actualidad, fichan cuando entran y salen de su trabajo, guardan los cupones de descuentos de los supermercados, educan a sus hijos en el respeto e intentan esquivar la cobertura mediática.

Brecha entre realidad y política

Barack Obama, un hombre negro formado a partir de la experiencia negra, suele citar a sus descendientes por parte de madre; gente blanca de clase trabajadora: “Muchas de mis influencias proceden de mis abuelos maternos, que crecieron en el interior de Kansas”, indicó este mes a propósito de un encuentro celebrado en la Casa Blanca sobre cuestiones rurales.

El año pasado, en una conversación con la autora Marilynne Robinson, del The New York Review of Books, Obama lamentó todos estos conceptos erróneos y tan comunes sobre las pequeñas localidades del interior de Estados Unidos, por las que él siente admiración. “Hay una brecha enorme entre la realidad de las vidas diarias de estas personas y cómo hablamos de la realidad de Estados Unidos y de la vida política”. Señaló que uno de los elementos que contribuyen a ampliar esta brecha son “los filtros entre las personas corrientes” que hacen lo que pueden por sobrevivir, así como los debates políticos demasiado complejos.

"Nos debería hacer reflexionar el hecho de que destacados comentaristas progresistas consideren que el término “populismo” tiene connotaciones negativas".

“Me siento muy reconfortado cuando tengo la oportunidad de conocer a estas personas en su contexto”, explicó: “Por algún motivo, el filtro hace que en el ámbito político nacional sus realidades no se presenten de forma alentadora”.

Sin duda, una de estas descripciones desalentadoras, la caricatura del votante blanco que destila odio y que lleva vaqueros grasientos, responde a una realidad. En mi pueblo conocí a uno o dos; el típico grandullón que amenaza a personas todavía más débiles que él y que amenaza a las personas de color para que huyan del pueblo, insulta a las mujeres y utiliza pistolas de aire comprimido para disparar contra gatos. Así sería Trump si hubiera nacido donde yo nací.

La fascinación de los medios de comunicación hacia el votante de Trump alimenta la teoría, tan de moda, de que detrás de su apoyo se esconde la intolerancia. Es cierto que los problemas económicos de la clase trabajadora blanca son un punto más para Trump, como también lo es la falta de dinero de las personas de color, que al mismo tiempo son el blanco de ataque de sus comentarios racistas y xenófobos y que por este motivo le han dado la espalda. Sin embargo, uno creería que a los progresistas blancos que pertenecen a la élite y que a lo largo de esta campaña han transmitido una imagen de grandeza ética les costaría más pensar en términos globales sobre relaciones comerciales e inmigración si hubieran tenido que cerrar su fábrica o su comunidad hubiera sido diezmada.

Analistas acomodados

Los analistas acomodados que se oponen a Trump suelen examinar los males sociales desde un determinado punto de vista; están convencidos de que sus tendencias políticas son un reflejo de sus valores y de su personalidad. Cabe suponer que muchos de ellos heredaron estas ideas, de la misma forma que muchos estadounidenses que crecieron en los estados republicanos heredaron las suyas. Si creciste en un ambiente progresista, no deberías estar tan orgulloso de ti mismo por votar en contra de Trump.

También está de más esta idea condescendiente de que los demócratas que en las últimas décadas no se han sentido representados por su partido y que se han unido al Partido Republicano “están votando en contra de sus intereses. Esta noción tiene un trasfondo antidemocrático, ya que parte de la premisa de que un gran número de estadounidenses carece de las condiciones mentales que se precisan para votar”.

Son muchos los que siguen apoyando a Trump a pesar de todo lo publicado sobre su trato a las mujeres, sus actitudes racistas y otras actitudes temerarias. Son capaces de decidir su voto y de tomar sus propias decisiones. Cuando intentemos discernir de quien estamos hablando, debemos ser conscientes de nuestros prejuicios de clase.

¿Periodista? No de clase obrera

Un artículo publicado recientemente en la edición impresa del The New York Times describía a un hombre de Kentucky así: “Mitch Hedges cultiva ganado y suelda herramientas que se utilizan en las minas de carbón. Cree que va a perder su trabajo en seis meses pero no apoya a Trump, al que considera un idiota”.

Celebré que, por una vez, se hablara de un hombre blanco de clase obrera que no vota a Trump. Me hizo reír la expresión “cultivar ganado” ya que uno puede cultivar la cosecha o criar animales. Para una periodista que durante su juventud hizo ambas cosas, es difícil tomarse en serio este reportaje de The New York Times.

La principal razón por la cual los medios de comunicación más importantes no parecen comprender las cuestiones de clase es precisamente que no hay diversidad socioeconómica en las redacciones.

Pocas personas que crecieron rodeadas de pobreza terminan trabajando en las redacciones o publicando libros. De hecho, son tan pocas que me pareció necesario dar un giro a mi carrera y especializarme en cuestiones de clase en un sector rico y privilegiado de la misma forma que los periodistas negros hablan de raza en un sector que está integrado mayoritariamente por blancos.

Con esto no quiero decir que uno debe pertenecer a un determinado grupo o lugar para hacerles justicia, como han demostrado los buenos periodistas de investigación y los comentaristas en el último siglo e incluso antes.

Escuchen la serie sobre pobreza que ha emitido la radio On the Media. El segundo episodio de esta serie incluye la siguiente reflexión de Gladstone: “Los pobres, en su conjunto, son un grupo tan poco homogéneo como cualquier otro”.

Sé que muchos periodistas son personas muy trabajadoras que quieren presentar la historia bajo el ángulo correcto y no me gusta criticar a los medios de comunicación. El clasismo de los presentadores de la televisión por cable es simplemente un reflejo del clasismo del sector más privilegiado de Estados Unidos. Lo vemos en todas partes, desde los tuits que presentan a los votantes de Trump como palurdos sin remedio hasta en el hecho de que el Partido Demócrata que no se tomó la molestia de crear una plataforma centrada en las medidas de reducción de la pobreza hasta un mes antes de las elecciones presidenciales.

Medios deliberadamente obtusos

La distancia económica que separa al periodista de los protagonistas de sus reportajes nunca ha sido tan peligrosa como en la actualidad, marcada por una histórica disparidad entre ricos y pobres. A menudo los reportajes se centran en el mercado de valores y no en las personas que nunca tuvieron acciones.

Durante décadas, los medios de comunicación de Estados Unidos han sido deliberadamente obtusos cuando han tenido que informar de las quejas de los ciudadanos de a pié. Este ha sido un factor que sin duda ha ayudado a crear el espacio de resentimiento que Trump ahora ocupa. Nos debería hacer reflexionar el hecho de que destacados comentaristas progresistas consideren que el término “populismo” tiene connotaciones negativas.

Estamos ante un periodismo que integra la plutocracia que debería criticar, que no ha sabido cumplir con su deber de guardián de la verdad y que ha perdido el respeto hacia todas aquellas personas que no dudan en llamar las cosas por su nombre.

Mi abuelo Arnie, que ya ha fallecido, era una de estas personas. Hombres parecidos a Trump pasaban con sus lujosos vehículos por nuestra granja, con la intención de hacer negocios. Mi abuelo sabía reconocer a los que eran unos embusteros y unos estafadores, los trataba con amabilidad y los mandaba a paseo. Si por algún motivo te despedías de alguno de ellos con un apretón de manos, mi abuelo se reía y te decía: “mejor que cuentes tus dedos”.

En un mundo en el que las “Bettys” y los “Arnies” prácticamente no tienen voz, los que tienen una plataforma desde la que lanzar sus opiniones deberían reflexionar antes de despotricar sobre ellos.

Tal vez quieras generalizar y crear un estereotipo para presentar a un grupo de personas y especular sobre sus ideas políticas o creerte superior a ellos, por ejemplo, los que hacían un tercer turno en una fábrica de Boeing mientras otros viajaban a México de vacaciones, los que limpiaban el suelo de un McDonalds mientras otros debatían en las redes sociales en torno al salario mínimo, los que tuvieron que vaciar sus casilleros cuando se cerró la fábrica de cerveza Pabst mientras otros bebían cervezas artesanales en bares de moda, los que regresaron de Oriente Medio dentro de un ataúd mientras otros escribían columnas de opinión sobre política exterior. Si éste es el caso, deberías aceptar el hecho de que tal vez te pareces más a Trump de lo que te gustaría.

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Dangerous idiots: how the liberal media elite failed working-class Americans
Sarah Smarsh, the guardian, 13 October 2016

Trump supporters are not the caricatures journalists depict –and native Kansan Sarah Smarsh sets out to correct what newsrooms get wrong

Last March, my 71-year-old grandmother, Betty, waited in line for three hours to caucus for Bernie Sanders. The wait to be able to cast her first-ever vote in a primary election was punishing, but nothing could have deterred her. Betty –a white woman who left school after ninth grade, had her first child at age 16 and spent much of her life in severe poverty– wanted to vote.

So she waited with busted knees that once stood on factory lines. She waited with smoking-induced emphysema and the false teeth she’s had since her late 20s –both markers of our class. She waited with a womb that in the 1960s, before Roe v Wade, she paid a stranger to thrust a wire hanger inside after she discovered she was pregnant by a man she’d fled after he broke her jaw.

Betty worked for many years as a probation officer for the state judicial system in Wichita, Kansas, keeping tabs on men who had murdered and raped. As a result, it’s hard to faze her, but she has pronounced Republican candidate Donald Trump a sociopath “whose mouth overloads his ass”.

No one loathes Trump –who suggested women should be punished for having abortions, who said hateful things about groups of people she has loved and worked alongside since childhood, whose pomp and indecency offends her modest, midwestern sensibility– more than she.

Yet, it is white working-class people like Betty who have become a particular fixation among the chattering class during this election: what is this angry beast, and why does it support Trump?

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Otros análisis relacionados

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Crónicas de la América profunda. Escenas de la lucha de clases en el corazón del imperio (Deerhunting with Jesus: Dispatches from America’s Class War), Joe Bageant, 2007

Un retrato de uno de los más influyentes y desconocidos grupos de población de los Estados Unidos: los blancos pobres. Una obra lúcida, tierna, divertida y feroz que derriba mitos y ayuda a comprender por qué un George W. Bush pudo llegar a ser presidente, por qué las guerras como las de Irak cuentan con el apoyo popular estadounidense y cómo es el electorado que permitió a Barack Obama llegar al poder.

Joe Bageant es uno de los nuevos periodistas más leídos de Estados Unidos. Con sus Crónicas de la América profunda nos abre los ojos al desalentador espectáculo de una gente embrutecida, endeudada, fundamentalista cristiana y amante de la caza y las armas. Trabajadores que en medio de la crisis desatada en los Estados Unidos, conservan la fe intacta en un sistema económico que estalló. Rednecks, white trash, holy rollers pentecostales, empleados por un sueldo mínimo y sin cobertura de salud, que representan más de un tercio del electorado de los Estados Unidos. Un acercamiento microscópico al corazón del imperio americano.

Bageant es brillante. Nadie evoca como él al proletariado norteamericano. El relato de su regreso a su Virginia natal es profundo, punzante e instructivo”. Howard Zinn, autor de La otra historia de los Estados Unidos

Sus crónicas, escritas con la lacerante furia de un Hunter S. Thompson, son tan amargamente divertidas que a su lado Michael Moore parece soso”. Josh Rottenberg, Entertainment Weekly.

Libros del Amanecer

- Por qué ganó Trump y la crisis del modelo de globalización actual, Guillermo Oglietti y Sergio Martín-Carrillo, CELAG, 11-11-2016

Competencia salarial desleal del modelo de globalización neoliberal. Por qué la OIT no puede evitarla y por qué es imperiosa una salida regional, Guillermo Oglietti, CELAG, 05-10-2015

(22 de noviembre de 2016)


[3Explaining Nationalist Political Views: The Case of Donald Trump, Jonathan T. Rothwell, Gallup, and Pablo Diego-Rosell, Gallup, Papers SSRN, Date posted: August 15, 2016; Last revised: November 6, 2016:

Abstract:

The 2016 US presidential nominee Donald Trump has broken with the policies of previous Republican Party presidents on trade, immigration, and war, in favor of a more nationalist and populist platform. Using detailed Gallup survey data for 125,000 American adults, we analyze the individual and geographic factors that predict a higher probability of viewing Trump favorably. The results show mixed evidence that economic distress has motivated Trump support. His supporters are less educated and more likely to work in blue collar occupations, but they earn relatively high household incomes and are no less likely to be unemployed or exposed to competition through trade or immigration. On the other hand, living in racially isolated communities with worse health outcomes, lower social mobility, less social capital, greater reliance on social security income and less reliance on capital income, predicts higher levels of Trump support. We confirm the theoretical results of our regression analysis using machine learning algorithms and an extensive set of additional variables.

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Keywords: Elections, Democracy, Nationalism, Economics of Voting

JEL Classification: D6, D7, D72

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[4¿Por qué millones de trabajadores norteamericanos apoyan a Trump?

Todos dan por hecho que son el racismo y la xenofobia los sentimientos que mueven a los partidarios de Trump

Thomas Frank, autor del libro de referencia ’¿Qué pasa con Kansas?’, explica que el rechazo a los acuerdos de libre comercio y el empobrecimiento de la clase trabajadora son hechos más relevantes

Thomas Frank, eldiario.es / theguardian, 08-03-2016

Nos adentramos en uno de los mayores misterios de Estados Unidos en este momento: ¿qué es lo que motiva a los seguidores de Donald Trump? Lo llamo misterio porque las personas blancas de clase trabajadora que forman la base de seguidores de Trump se juntan en cifras sorprendentes a favor del candidato, llenan estadios, hangares de aeropuertos, pero sus puntos de vista no suelen aparecer en los periódicos de prestigio.

En sus páginas de opinión, estos rotativos se preocupan por representar a casi todos los estatus sociales pero el de los trabajadores de ’cuello azul’ suele pasarse por alto. Los puntos de vista de la clase trabajadora son tan ajenos a este universo que cuando el columnista de The New York Times Nick Kristof quiso incluir una conversación con un seguidor de Trump, se lo tuvo que inventar, así como las respuestas que esta persona imaginaria daba a sus preguntas.

Cuando los individuos de la clase profesional desean entender a la clase trabajadora, normalmente consultan a los expertos en esa materia. Y cuando piden a estas fuentes de autoridad que expliquen el movimiento a favor de Trump, ellos siempre se centran en un aspecto: la intolerancia. Solo el racismo, explican, es capaz de dar alas a un movimiento como el de Trump, que gana fuerza dentro del partido republicano igual que un tornado atraviesa casas de lujo de mala calidad.

El propio Trump es la prueba de todo esto. Este hombre es un payaso con tendencia a insultar, que ha cargado sistemáticamente contra los diferentes grupos étnicos de América, ofendiéndoles uno a uno. Quiere deportar a los millones y millones de inmigrantes indocumentados. Quiere prohibir a los musulmanes visitar Estados Unidos. Es fiel admirador de varios dirigentes poderosos y dictadores, incluso en Twitter ha llegado a compartir una cita de Mussolini. Este bufón chapado en oro recibe el apoyo entusiasta de conocidos racistas que forman un mosaico fastuoso de fanáticos, que tiembla de emoción ante la posibilidad de conseguir a un verdadero y honesto fanático dentro de la Casa Blanca.

Todo esto es tan alocado, tan salvajemente extravagante, que los analistas políticos se plantean que pueda tratarse de una estrategia propia de la campaña de Trump. Trump parece ser un racista por lo que se puede intuir que el racismo debe ser una de las motivaciones de sus legiones de seguidores. Y por eso, el sábado, el columnista de The New York Times Timothy Egan culpó a la gente por el racismo de su líder: “Los seguidores de Donald Trump saben exactamente lo que apoya: odio a los inmigrantes, superioridad racial, una indiferencia cómica hacia el civismo básico que cohesiona a la sociedad”.

Todos los días se publican historias maravillosas sobre la estupidez de los votantes de Trump. Los artículos que tachan a los seguidores de Trump de intolerantes se cuentan por cientos o por miles. Los firman los conservadores, los progresistas o los profesionales imparciales. El titular de una columna del Huffington Post lo dijo clara y llanamente: “Trump ganó el supermartes porque Estados Unidos es racista”.

Por poner otro ejemplo, un reportero de The New York Times demostró que los fanáticos de Trump eran intolerantes a través de juntar un mapa con los apoyos a Trump con otro sobre la búsqueda de términos racistas en Google. Todo el mundo lo sabe: las pasiones de los seguidores de Trump no son más que los tintineos ignorantes del hombre blanco americano, que ha llegado a la locura por la presencia de un hombre negro en la Casa Blanca. El movimiento Trump es un fenómeno de una sola cara, una gran oleada que relaciona odio y raza. Sus partidarios no sólo son incomprensibles sino que realmente no vale la pena llegar a comprenderlos.

La importancia del libre comercio

O eso es lo que nos dicen. La semana pasada, decidí ver varias horas de diferentes discursos de Trump. Vi al hombre que divaga, cuenta, amenaza e incluso se regodea cuando algunos de sus detractores son expulsados de sus mítines. Yo estaba indignado por esas cosas, del mismo modo que Trump me ha desagradado durante los últimos 20 años. Pero también me di cuenta de algo sorprendente. En cada uno de los discursos que vi, Trump pasó una buena parte de su tiempo hablando de una preocupación puramente legítima, un asunto que podríamos considerar de izquierdas.

Sí, Donald Trump habló de comercio. De hecho, teniendo en cuenta la cantidad de tiempo que pasó repasando este tema, es muy posible que el comercio sea su única y gran preocupación, y no la supremacía blanca. Ni siquiera su plan para construir un muro en la frontera con México, aquel controvertido tema que le dio fama política. Durante el debate del 3 de marzo lo volvió a hacer: cuando le preguntaron sobre su excomunión política por Mitt Romney, Trump regateó el envite y empezó a hablar de ... comercio.

Parece estar obsesionado con eso: los tratados de libre comercio que han firmado nuestros líderes, las numerosas empresas que han trasladado sus centros de producción a otros lugares, las llamadas que hará a los presidentes de esas empresas para amenazarlos con elevar los aranceles si no vuelven a Estados Unidos.

Trump adorna esta visión con otra de sus ideas de izquierda: bajo su dirección, el Gobierno podría “empezar a hacer una oferta competitiva en la industria farmacéutica” (para reducir el precio de los fármacos). “¡No tenemos una oferta competitiva!”, exclamaba asombrado y habla de otro asunto real, el despilfarro legendario que se produjo bajo el Gobierno de George W. Bush. Trump extiende sus críticas al ámbito militar, describiendo cómo el Gobierno está obligado a comprar aviones pésimos pero muy caros gracias a la influencia que ejercen los grupos de presión de la industria.

De este modo llegó su curiosa propuesta: como él mismo es tan rico, detalle del que suele presumir, no se va a ver afectado por estos grupos de presión empresariales ni por las donaciones. Debido a que está libre del poder corruptor de la financiación de campañas, el famoso negociador Trump puede hacer ofertas en nuestro nombre que serán “buenas” en vez de “malas”. La posibilidad de que en realidad lo consiga, por supuesto, es pequeña. Él parece ser un hipócrita en este tema, igual que en otros muchos. Pero al menos Trump habla de estas cosas.

La clave para entender su éxito

Todo esto me sorprendió porque, en todos los artículos que había leído de Trump en los últimos meses, no recordaba que el comercio entrase a colación muy a menudo. Aparentemente Trump abandera una sola cruzada relacionada con los blancos. ¿Cabe la posibilidad de que el comercio sea una clave para la comprensión del fenómeno Trump?

El comercio es un tema que divide a los estadounidenses en función de su estatus económico. Para la clase media, que incluye a la amplia mayoría de estrellas mediáticas, los economistas, los altos cargos federales y los demócratas poderosos, lo que denominan ’libre comercio’ es algo tan obviamente bueno e incluso noble que no requiere explicación o consulta, ni siquiera que se piense mucho en ello. Los líderes republicanos y demócratas están de acuerdo en esto a partes iguales, y nada puede hacerles salir de su modelo económico soñado.

Para el resto, el 80% o el 90% de Estados Unidos, el comercio significa algo muy diferente. Hay un vídeo que recorre Internet en los últimos días que muestra una sala llena de trabajadores en una fábrica de aparatos de aire acondicionado en Indiana a la que informan de que la fábrica se va a trasladar a Monterrey, México, y que todos van a perder sus puestos de trabajo.

Mientras lo veía, pensé en todos los debates sobre comercio que hemos tenido en este país desde el principio de los 90, todas las dulces palabras que nuestros economistas han dedicado a las delicias del libre comercio, todas las formas en que la prensa se burla de quienes dicen que acuerdos como el Tratado de Libre Comercio del Atlántico Norte permiten que las empresas se lleven el empleo a México.

"Que te jodan"

Bueno, ahí está el vídeo de la empresa que se muda a México, cortesía de NAFTA (siglas en inglés del Tratado de Libre Comercio de América del Norte). Esto es lo que aparece. Uno de los ejecutivos de Carrier habla en un tono familiar y profesional sobre la necesidad de “ser competitivo” y “de ser extremadamente sensible con los precios de mercado”. Un trabajador grita “que te jodan” al directivo. Tras esto, el directivo pide que estén callados para poder “compartir” su “información”. Su información es que todos ellos perderán su empleo.

No tengo ninguna razón especial para dudar de que Donald Trump es un racista. O lo es o, como el cómico John Oliver dice, pretende hacerse pasar por ello, lo que viene a ser lo mismo. Pero hay otra manera de interpretar el fenómeno Trump. El mapa de sus apoyos combinado con búsquedas racistas también se puede cruzar mejor con la desindustrialización y la desesperación, con zonas de miseria económica provocadas por 30 años de libre mercado dictado por Washington.

Hay que destacar que a Trump no le falta razón en sus ataques a esa empresa de aire acondicionado de Indiana que aparece en el vídeo de sus mítines. Eso sugiere que se está refiriendo tanto a la indignación por la economía como al racismo. Muchos de sus seguidores son fanáticos, no hay duda, pero muchos más probablemente están entusiasmados con la perspectiva de un presidente que parece decir lo que piensa cuando critica nuestros acuerdos comerciales y promete acabar con el empresario que te despidió y que destrozó tu ciudad, no como Barack Obama y Hillary Clinton.

Este es el hecho más relevante sobre sus seguidores: cuando hablamos de gente blanca, de la clase trabajadora que le apoya, en vez de imaginar simplemente todo aquello que ellos quizá dicen, nos encontramos con que lo que más les preocupa a estas personas es la economía y el lugar que ellos ocupan en la misma. Esto es lo que sacó a la luz un estudio publicado por Working America, una organización política dependiente de la Federación Estadounidense del Trabajo y Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO), que entrevistó a 1.600 votantes blancos de clase trabajadora de los suburbios de Cleveland y Pittsburgh en diciembre y enero.

"Más miedo que odio"

El estudio reveló que el apoyo a Donald Trump es alto entre esas personas, incluso en los que se identificaban a sí mismos como demócratas, y no porque todos deseen que un racista ocupe la Casa Blanca. Lo que hace que Trump se convierta en el líder favorito es “su actitud”, su contundencia y su forma directa de hablar. En cuanto a las cuestiones que suele referirse, “la inmigración” se sitúa en el tercer puesto de sus preocupaciones, muy por detrás de la preocupación número uno de estos estadounidenses: “buenos puestos de trabajo y economía”.

"La gente tiene más miedo que odio", es la descripción del estudio que me hace Karen Nussbaum, directora de Working America. La encuesta "confirma lo que escuchamos siempre. La gente está harta, la gente sufre, están descontentos por el hecho de que sus hijos no tienen futuro" y "porque no ha habido una recuperación tras la recesión, porque todas las familias sufren de una manera u otra".

Tom Lewandowski, presidente del Consejo del Trabajo del Noreste de Indiana, lo dejó aún más claro cuando le pregunté por los partidarios de Trump de clase trabajadora. "Esta gente no es racista, no más que el resto", dice de los seguidores de Trump que conoce. "Cuando Trump habla de comercio, pensamos en el Gobierno de (Bill) Clinton, primero con NAFTA y luego con China (los acuerdos comerciales con Pekín), y aquí en el noreste de Indiana eso supuso una hemorragia de empleos".

"Ven todo eso, y aquí aparece Trump hablando de comercio de forma muy extraña, pero al menos representa sus sentimientos. Tenemos a todos los políticos apoyando todos los acuerdos comerciales, y apoyamos a esa gente, y luego tenemos que luchar contra ellos para conseguir que nos representen".

Y ahora, paremos un momento y examinemos esta perversidad. Los partidos de izquierda en todo el mundo se fundaron para mejorar el destino de los trabajadores. Pero el partido de izquierdas en EEUU –uno de los dos del duopolio– eligió hace tiempo dar la espalda a las preocupaciones de estas personas, convirtiéndose en el estandarte de la clase profesional ilustrada, una "clase creativa" que hace cosas innovadoras como los derivados financieros y aplicaciones para smartphones. Los trabajadores por los que el partido se preocupaba antes no tienen otro sitio dónde ir, piensan los demócratas, por usar la famosa expresión de los años de Clinton. El partido ya no cree que deba escucharlos más.

Lo que Lewandowski y Nussbaum están diciendo debería ser obvio para cualquiera que se haya atrevido a mirar más allá de los prósperos enclaves de las costas Este y Oeste. Los acuerdos comerciales mal diseñados, los generosos rescates de bancos, los beneficios garantizados para las empresas de seguros, pero sin una recuperación económica real para la gente corriente ... todas estas políticas están dejando su sello. Como dice Trump, "hemos reconstruido China y por el contrario nuestro país se cae a trozos. Nuestras infraestructuras se están cayendo a trozos. Nuestros aeropuertos parecen del Tercer Mundo".

Los mensajes de Trump dan forma al contraataque populista contra el liberalismo que ha ido cobrando forma lentamente durante décadas y podría llegar a ocupar la Casa Blanca, cuando todo el mundo se verá obligado a tomar en serio sus locas ideas.

Sin embargo, aún no podemos afrontar esta realidad. No sabemos admitir que nosotros, los de ideas progresistas, tenemos alguna responsabilidad en el ascenso de Trump, a causa de la frustración de millones de personas de clase trabajadora, de sus ciudades arruinadas y sus vidas en caída libre. Es mucho más fácil burlarse de ellos por sus almas retorcidas y racistas, y cerrar los ojos ante la evidente realidad de la que el trumpismo es sólo una expresión vulgar y cruda: que el neoliberalismo ha fracasado por completo.

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J.D. Vance

WSJ: a beautiful memoir but it is equally a work of cultural criticism about white working-class America

31 jul 2016

Hillbilly Elegy: A Memoir of a Family and Culture in Crisis Hardcover – June 28, 2016

#1 New York Times Bestseller

"You will not read a more important book about America this year."—The Economist

"A riveting book."—The Wall Street Journal

"Essential reading."—David Brooks, New York Times

From a former marine and Yale Law School graduate, a powerful account of growing up in a poor Rust Belt town that offers a broader, probing look at the struggles of America’s white working class

Hillbilly Elegy is a passionate and personal analysis of a culture in crisis—that of white working-class Americans. The decline of this group, a demographic of our country that has been slowly disintegrating over forty years, has been reported on with growing frequency and alarm, but has never before been written about as searingly from the inside. J. D. Vance tells the true story of what a social, regional, and class decline feels like when you were born with it hung around your neck.

The Vance family story begins hopefully in postwar America. J. D.’s grandparents were “dirt poor and in love”, and moved north from Kentucky’s Appalachia region to Ohio in the hopes of escaping the dreadful poverty around them. They raised a middle-class family, and eventually their grandchild (the author) would graduate from Yale Law School, a conventional marker of their success in achieving generational upward mobility.

But as the family saga of Hillbilly Elegy plays out, we learn that this is only the short, superficial version. Vance’s grandparents, aunt, uncle, sister, and, most of all, his mother, struggled profoundly with the demands of their new middle-class life, and were never able to fully escape the legacy of abuse, alcoholism, poverty, and trauma so characteristic of their part of America. Vance piercingly shows how he himself still carries around the demons of their chaotic family history.

A deeply moving memoir with its share of humor and vividly colorful figures, Hillbilly Elegy is the story of how upward mobility really feels. And it is an urgent and troubling meditation on the loss of the American dream for a large segment of this country.

The Amazon Book Review

[7The White-Minstrel-Show Version of History

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portrait: mindy stricke/penguin

by Kevin D. Williamson, National Review, August 20, 2016

A familiar tale about class in America gets a poor retelling in a new book.

Nancy Isenberg has produced, in White Trash: The 400-Year Untold History of Class in America, a dreadfully stupid and lazy book. It is badly written, poorly conceived, and incompetently executed. Isenberg would join the long line of American debunkers and would-be debunkers of a familiar and surpassingly tedious sort: “Sure, Americans sent a man to the moon, but what about the United Fruit Company in Guatemala back in 1954? Huh? Huh?”

Isenberg’s argument, if we may be so generous as to call it that, is this: The American culture was not born ex nihilo on July 4, 1776, and in the English parts of the New World colonists reproduced some form of the English class structure; the freedom-seeking Puritans were not alone, but were joined by all manner of riff-raff dispatched by English powers as a form of domestic social hygiene, making the United States a kind of Australia before there was an Australia; the United States today is not a society without class divisions.

Well, raise my rent.

Virginia was named for an English queen and its settlement was sponsored by a knight. Its basic law was a royal charter, and its economy was shaped in no small part by indentured servitude and chattel slavery. These are not egalitarian arrangements, and they did not produce egalitarian outcomes. This is not “untold history.” This is history told, and told, and told again. Life in early-17th-century Jamestown, Isenberg tells us, was not unlike the world of William Shakespeare’s Merchant of Venice; what we are to take from the fact that an English settlement was culturally consistent with the work of an English playwright working at approximately the same time (1596 in this case) is anybody’s guess.

About 20 pages in, I found myself thinking: “I wonder when we get to NASCAR?” Obviously, you cannot have an intellectually lazy and cliché-ridden book about white-trash culture without NASCAR, preferably with a tangential report on the box-office performance of Smokey and the Bandit in 1977. That would be like having a batty and ignorant book on African-American culture without fried chicken and watermelon. Rest assured, you’ll get your NASCAR, your Dukes of Hazzard, and more.

But it’s a while coming. The structure of the book reeks of sophomore-level procrastination. Perhaps this will be more obvious to you if you’ve ever been obliged to write something long and complicated on a deadline and performed poorly. (Not that I would know anything about that.) The first chapter of the book is the book essay, a distillation of the book’s argument that usually is submitted to publishers as part of a book proposal. You aren’t supposed to publish the book essay, but Isenberg seems to have done that or something quite close to it. So what we have is a brief version of the book’s overall argument, followed by a series of half-thought-out chapters in which we are treated to reports on Thomas Jefferson and class, the Civil War and class, the Great Depression and class, each connected only vaguely, if at all, with the others, and an epilogue.

You will not be surprised to learn that Jefferson had attitudes about class that were more or less characteristic of a man of his day, and that popular attitudes toward the subject changed slowly over time in response to historical events. It may be that all of this could add up to an illuminating account of class differences in the United States, and maybe even an account of persistent social injustice of a kind, but, if it does, that has escaped Isenberg entirely.

She does not even seem to read her own sentences, at least as they relate to one another in sequence, e.g.: “(Benjamin) Franklin was not sympathetic to the plight of the poor. His design for the Pennsylvania Hospital in 1751 was intended to assist the industrious poor, primarily men with physical injuries.” I found myself blinking and rereading that sentence, and wondering how and why a man who was not sympathetic to the plight of the poor should design a charity hospital for their benefit. It is true that Franklin, like charitable men before and after and now, distinguished between different kinds of poor people, between the so-called deserving poor and ordinary bums, partly as a moral exercise and partly as a kind of philanthropic triage, resources being limited. But there is not an ordinary reading of the English words “was not sympathetic to the plight of the poor” that describes a man who undertook to relieve the plight of the poor through charitable works.

Franklin particularly perplexes and vexes Isenberg. He was a fugitive from an apprenticeship to his older brother (a form of indenture) and was from a family of modest means. Isenberg writes: “He had arrived in Philadelphia in 1723 as a runaway, meanly dressed in filthy, wet clothing.” Given this fact, she is scandalized by Franklin’s later complaints about “vagrant and idle persons” congregating in Philadelphia. (The more things change . . .) One wonders whether Isenberg has ever been to America. Franklin, as Isenberg might learn from reading Isenberg, was a man who began with very little and who managed to rise in Philadelphia — and rise and rise until he became its most celebrated resident — despite being an outsider to the Quaker mafia that ran the place and having no real connections to the “Proprietors,” the Penns and allied families who dominated the colony socially and economically. How did that happen? Isenberg knows: “Quaker patrons,” including the lawyer Alexander Hamilton (no relation to that guy Aaron Burr shot), “a non-Quaker leader of the Quaker Party,” along with “liberal Friends, who were not exclusive about who should wield influence within the political faction of the Quaker Party.” Which is to say, Franklin rose in no small part through his own hard work and cunning but was also enabled by an open, liberal, cosmopolitan, commercial society in which one’s original station in life was not necessarily one’s final station —i.e., he rose because of the very American order whose liberality this daft book was written to debunk.

Perhaps Franklin appalls Isenberg because he is recognizably the first modern American, and he talked like one.

Isenberg has a habit of doing that to herself. Hilariously, she argues that one of the problems with westward expansion was that the settlers’ class positions became less secure the farther they traveled from the eastern colonial capitals. That is, of course, the founding idea of the American meritocratic ethos and the related myth of a classless American society. The old divisions really did melt away in the refining fires of the frontier — only to be replaced with new ones. Isenberg writes as though class politics in the United States were a seamless continuation of British class politics (French-speaking, Spanish-speaking, German-speaking, and Russian-speaking America effectively do not exist in her account), when in reality they constitute something closer to an inversion of them. If an Englishman today has the wrong accent and failed to go to the right schools, it doesn’t matter how much money he has; if an American has enough money, nobody cares what sort of funky, plebeian manner of speech he has (cf. Trump, Donald, yugeness of) or whether he went to school at all —in fact, we tend to celebrate those who come from outside the Ivy League–Wall Street world much more intensely than those who merely advance a few degrees within it. If you’re the 14th Earl of Derby and just Derbying on the way the 13th did before you, the English class system regards you with some awe; if you’re the ninth Biddle to be chairman of the Merion Cricket Club membership committee, the American system thinks you should have maybe tried harder in school or gotten an MBA or something.

Perhaps Franklin appalls Isenberg because he is recognizably the first modern American, and he talked like one. “I think the best way of doing good to the poor is not making them easy in poverty but leading or driving them out of it.” Is that Ben Franklin or Paul Ryan?

Eventually, we get to the modern era, and the sympathetic Joads of Isenberg’s imagination become objects of her contempt, from those NASCAR-watching, Burt Reynolds–impersonating hordes to Sarah Palin, who inspires a hatred in Isenberg that is unpleasant to witness on the page and must be absolutely manic in person. She repeats Slate’s report that Palin’s home town of Wasilla, Alaska, is just a place to “get gas and pee,” but she writes as one who obviously never has stopped there, or watched a Lady Wildcats game with bar patrons in Harlan, Ky., or stopped to talk with foot-washing Baptists praying for rain in a cotton field outside Brownfield, Texas. Well, if the bright kids at Slate say so, it must be true.

Isenberg teaches at Louisiana State, having studied at Rutgers and the University of Wisconsin. Her book inevitably will be compared —poorly— with J. D. Vance’s Hillbilly Elegy. In Isenberg, there is no sense of knowing this culture and its people. By her own telling, her interest in the subject is rooted in To Kill a Mockingbird (the film, not the book), and her work is full of such information as can be had from Google or in a classroom in Madison. As for the people, they’re mainly just evidence to be mustered against the Great Satan that is American capitalism, or else, like Sarah Palin, characters in Isenberg’s white-minstrel-show version of history. There may come a time when the members of the white underclass decide that they do not want or need nice liberal ladies from Rutgers, who get so much wrong speaking about them, to speak for them. But for those of Isenberg’s disposition, the poor are very little more than pawns, and in the end it doesn’t matter very much whether you’re playing the white side of the chess board or the black.

Kevin D. Williamson is the roving correspondent for National Review. This piece appears in the August 29, 2016, issue of National Review.

[8Dignity and Sadness in the Working Class

David Brooks, The New York Times, Sept. 20, 2016

A few weeks ago I met a guy in Kentucky who’d lived through every trend of deindustrializing America.

He grew up about 65 years ago on a tobacco and cattle farm, but he always liked engines, so even while in high school he worked 40 hours a week in a garage. Then he went to work in a series of factories —making airplane parts, car seats, sheet metal and casings for those big air-conditioning fans you see on the top of buildings.

Every few years as the economy would shift, or jobs would go to Mexico, he’d get hit with a layoff. But the periods of unemployment were never longer than six months and he pieced together a career.

He’s in semiretirement now, but he hasn’t been able to take a vacation for four years because he and his wife take care of her elderly mother, who has trouble swallowing. He’s saved her life 10 times so far with the Heimlich maneuver, and they have to be nearby, in case she needs it again.

His best job came in the middle of his career, when he was a supervisor at the sheet metal plant. But when the technology changed, he was no longer qualified to supervise the new workers, so they let him go.

He thought he’d just come in quietly on his final day, clean out his desk and sneak away.

But word got out, and when he emerged from his office, box in hand, there was a double line of guys stretching all the way from his office in back, across the factory floor and out to his car in the lot. He walked down that whole double line with tears flowing, with the guys clapping and cheering as he went.

We hear a lot about angry white men, but there is an honorable dignity to this guy.

Some of that dignity comes from the fact that he knows how to fix things. One of the undermining conditions of the modern factory is that the workers no longer directly build the products, they just service the machines and software that do.

As the sociologist Richard Sennett once put it, “As a result of working in this way, the bakers now no longer actually know how to bake bread.” But this guy in Kentucky can take care of himself —redo the plumbing at home or replace the brake pads.

He also had a narrative about his own life. It’s not the agency narrative you often find in the professional segments of society: I found my passion and steered my own ship. It’s more of a reactive, coping narrative: A lot of the big forces were outside my control, but I adjusted, made the best of what was possible within my constraints and lived up to my responsibilities.

There’s honor to that, too. Still, over the past many months speaking with people in these situations, I can’t help feeling that society is failing them in some major way, and not just economically.

There is often a sad, noncumulative pattern to working-class lives. In some professions as you get older, you rise to more responsible positions. And that was true under the old seniority-based work rules in factories.

But now there is a stochastic, episodic nature to many careers. As workers get older, potential employers become more suspicious of their skills, not more confident in them. As a result, you often meet people who had been happiest at work in middle age, and then moved down to a series of positions they were overqualified for and felt diminished in.

Furthermore, I often run across people who have gone back to menial work in their 60s and 70s because they just want to get out of the house. When you ask them more questions, you find that they are devoted to home and work, but that they often don’t have rich connections outside these spheres.

Many of their friends came through work, but those friendships tend to fade away when the job ends. There are older people who feel unneeded. There are younger people who feel lost. Somehow these longing souls never find each other.

Suburbia isn’t working. During the baby boom, the suburbs gave families safe places to raise their kids. But now we are in an era of an aging population, telecommuting workers and single-person households.

The culture and geography of suburbia are failing to nurture webs of mutual dependence.

We are animals who can’t flourish unless we can’t get along without one another. Yet one finds too many people thrust into lives of semi-independence.

These are not the victims of postindustrial blight I’m talking about; they are successful people who worked hard and built good lives but who are left nonetheless strangely isolated, in attenuated communities, and who are left radiating the residual sadness of the lonely heart.